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"Adrián Caetano en su mejor momento • Una excelente pelicula argentina"

 

 

 

Memorable interpretación de Julio Chávez
Respondele a Osvaldo Quiroga Julio Chávez en un trabajo excepcional

Un oso rojo es una de las grandes películas argentinas. Y no sólo por la potencia de un guión al que nada le falta ni le sobra, sino también por la precisión de la puesta en escena, por las excelentes actuaciones de todo el elenco, por la atmósfera sombría que muestra a la Argentina como telón de fondo, por la adecuada caracterización de los personajes y por el clima intenso y conmovedor que se sucede en una y otra secuencia.
Del film se ha dicho que es un western urbano y que sus cuatro escenas de acción emulan el nervio de Brian De Palma. Con razón también se ha dicho que el desierto del lejano oeste se ambienta ahora en el conurbano bonaerense y que los nobles caballos de antaño se han convertido en autos que algunas veces hacen sonar sus sirenas.
Lo cierto es que una película como Un oso rojo es todo eso y mucho más. Lo que se narra en el film es una historia de amor entre un hombre que sale de la cárcel y su hija. Al hombre le dicen Oso y ha pasado siete años a la sombra por homicidio y robo a mano armada. Como un perro muy apaleado, entre rejas aprendió a sobrevivir y a defenderse. El Oso es parco, impredecible y violento. Es una bestia sensible, lo que a simple vista puede parecer una contradicción, sin embargo es eso: una especie de animal con corazón, un asesino herido en los más profundo y dispuesto a reparar el daño que le hizo a su pequeña hija Alicia, que en el día de su primer cumpleaños perdió a su padre cuando éste decidió consolidar su carrera de delincuente y jugarse a matar o morir por un puñado de dinero.
Al salir de la cárcel el Oso todavía tiene alguna esperanza. El Turco le debe su parte en aquel fatídico asalto y por un compañero de celda consigue trabajo de remisero. Natalia, la madre de su hija, vive ahora con Sergio, y Alicia apenas recuerda a su padre.
Los razonamientos del Oso son elementales, pero verdaderos. Cuando la nena le pregunta si él mató a alguien, el Oso se apresura a responder: “No, eso está muy mal”. Es evidente que quiere una vida mejor para su pequeña. Pero es innegable que no sabe cómo lograrla.
La historia que se teje entre Alicia y el Oso alcanza los picos emotivos más altos del film. Con pocas palabras Julio Chávez –un gran actor, sin duda- consigue ingresar en el mundo de la nena y conmover al espectador por su impresionante precisión a la hora de transmitir emociones.
La relación del Oso con Natalia, su ex mujer, es diferente. Ella ha construido un hogar de apariencias, pero que funciona a la hora de ofrecerle a su hija un modesto marco para su desarrollo personal. Sergio, el marido de Natalia, es un pusilánime propenso al juego y a la bebida. Y si el Oso en algún momento lo ayuda no es por que simpatice con él, ni mucho menos, sino por ofrecerle a su hija lo que nunca pudo dar por sí mismo.
Natalia, Alicia, Sergio y el Oso viven en un territorio en el que la ley es la ley de la calle. Nadie tiene en esa zona fantasmal, sin límites precisos, árida hasta el extremo y que somete al infortunio a todo el que la transita, nada asegurado. Un oso rojo es la película de la incertidumbre de sus personajes, de la falta de futuro, de la angustia del desamparo y de la carencia. Un oso rojo es también la película de un actor excepcional, capaz de dar la máxima expresividad con el mínimo movimiento, un intérprete que parece haberse formado en lo mejor del cine norteamericano, el de aquellas películas en las que intérpretes como Marlon Brando o Robert De Niro sintetizan en una secuencia toda la problemática del personaje que interpretan.
Admirables son también los trabajos de Soledad Villamil, en la piel de Natalia, y de Luis Machín, como Sergio. Estupenda resulta además la caracterización de Agostina Lage, en el papel de la pequeña Alicia. Pero más que destacar labores individuales –podríamos detenernos en los personajes secundarios y en la excelencia de Enrique Liporace o René Lavand- lo que hay aquí es un gran director. Adrián Caetano tiene el sentido del cine incorporado en cada toma. Tanto es así que las escenas de violencia, que siempre salen mal en las películas argentinas, cobran a través de su cámara inusitada verosimilitud.
Un oso rojo deja el sabor amargo que suelen prodigar algunas verdades. Pero se trata de esas verdades que sirven para reflexionar sobre el presente y para imaginar que aquello que creíamos de una manera también puede ser de otra, y que la realidad, finalmente, depara tantas sorpresas como los sueños. Es eso, Un oso rojo es un sueño real. Una pesadilla de amor

© Lita Stantic, 2002, Buenos Aires, Argentina
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