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Memorable
interpretación de Julio Chávez
Respondele a Osvaldo Quiroga Julio Chávez en un trabajo
excepcional
Un oso rojo es una de las grandes películas argentinas.
Y no sólo por la potencia de un guión al que
nada le falta ni le sobra, sino también por la precisión
de la puesta en escena, por las excelentes actuaciones de
todo el elenco, por la atmósfera sombría que
muestra a la Argentina como telón de fondo, por la
adecuada caracterización de los personajes y por
el clima intenso y conmovedor que se sucede en una y otra
secuencia.
Del film se ha dicho que es un western urbano y que sus
cuatro escenas de acción emulan el nervio de Brian
De Palma. Con razón también se ha dicho que
el desierto del lejano oeste se ambienta ahora en el conurbano
bonaerense y que los nobles caballos de antaño se
han convertido en autos que algunas veces hacen sonar sus
sirenas.
Lo cierto es que una película como Un oso rojo es
todo eso y mucho más. Lo que se narra en el film
es una historia de amor entre un hombre que sale de la cárcel
y su hija. Al hombre le dicen Oso y ha pasado siete años
a la sombra por homicidio y robo a mano armada. Como un
perro muy apaleado, entre rejas aprendió a sobrevivir
y a defenderse. El Oso es parco, impredecible y violento.
Es una bestia sensible, lo que a simple vista puede parecer
una contradicción, sin embargo es eso: una especie
de animal con corazón, un asesino herido en los más
profundo y dispuesto a reparar el daño que le hizo
a su pequeña hija Alicia, que en el día de
su primer cumpleaños perdió a su padre cuando
éste decidió consolidar su carrera de delincuente
y jugarse a matar o morir por un puñado de dinero.
Al salir de la cárcel el Oso todavía tiene
alguna esperanza. El Turco le debe su parte en aquel fatídico
asalto y por un compañero de celda consigue trabajo
de remisero. Natalia, la madre de su hija, vive ahora con
Sergio, y Alicia apenas recuerda a su padre.
Los razonamientos del Oso son elementales, pero verdaderos.
Cuando la nena le pregunta si él mató a alguien,
el Oso se apresura a responder: No, eso está
muy mal. Es evidente que quiere una vida mejor para
su pequeña. Pero es innegable que no sabe cómo
lograrla.
La historia que se teje entre Alicia y el Oso alcanza los
picos emotivos más altos del film. Con pocas palabras
Julio Chávez un gran actor, sin duda- consigue
ingresar en el mundo de la nena y conmover al espectador
por su impresionante precisión a la hora de transmitir
emociones.
La relación del Oso con Natalia, su ex mujer, es
diferente. Ella ha construido un hogar de apariencias, pero
que funciona a la hora de ofrecerle a su hija un modesto
marco para su desarrollo personal. Sergio, el marido de
Natalia, es un pusilánime propenso al juego y a la
bebida. Y si el Oso en algún momento lo ayuda no
es por que simpatice con él, ni mucho menos, sino
por ofrecerle a su hija lo que nunca pudo dar por sí
mismo.
Natalia, Alicia, Sergio y el Oso viven en un territorio
en el que la ley es la ley de la calle. Nadie tiene en esa
zona fantasmal, sin límites precisos, árida
hasta el extremo y que somete al infortunio a todo el que
la transita, nada asegurado. Un oso rojo es la película
de la incertidumbre de sus personajes, de la falta de futuro,
de la angustia del desamparo y de la carencia. Un oso rojo
es también la película de un actor excepcional,
capaz de dar la máxima expresividad con el mínimo
movimiento, un intérprete que parece haberse formado
en lo mejor del cine norteamericano, el de aquellas películas
en las que intérpretes como Marlon Brando o Robert
De Niro sintetizan en una secuencia toda la problemática
del personaje que interpretan.
Admirables son también los trabajos de Soledad Villamil,
en la piel de Natalia, y de Luis Machín, como Sergio.
Estupenda resulta además la caracterización
de Agostina Lage, en el papel de la pequeña Alicia.
Pero más que destacar labores individuales podríamos
detenernos en los personajes secundarios y en la excelencia
de Enrique Liporace o René Lavand- lo que hay aquí
es un gran director. Adrián Caetano tiene el sentido
del cine incorporado en cada toma. Tanto es así que
las escenas de violencia, que siempre salen mal en las películas
argentinas, cobran a través de su cámara inusitada
verosimilitud.
Un oso rojo deja el sabor amargo que suelen prodigar algunas
verdades. Pero se trata de esas verdades que sirven para
reflexionar sobre el presente y para imaginar que aquello
que creíamos de una manera también puede ser
de otra, y que la realidad, finalmente, depara tantas sorpresas
como los sueños. Es eso, Un oso rojo es un sueño
real. Una pesadilla de amor
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