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Crítica: Jack, El Ganador, de Robert Vince

No hay que subestimar a los animales porque podemos aprender mucho de ellos.

En la línea de las películas para chicos que recurren a criaturas domesticables y personificadas se puede ubicar a este largometraje dirigido por Robert Vince.

Jack es un chimpancé que vive en un centro de investigación, dependiente de una Universidad estadounidense, al cuidado del Dr. Kendall, a quien no le es reconocido su proyecto, ni tampoco los avances que por medio del mismo ha realizado. Ante el fin de la beca, el investigador decide enviar a Jack de vuelta a la reserva en la cual se encuentra su familia. Por otro lado, la plana dirigente de la Universidad, aplica sus ideas lucrativas a la situación creada, y decide vender al ya famoso primate a un laboratorio con fines experimentales pero de otro tipo. Esta información llega casualmente al cuidador y portero de la Institución universitaria, que además es el mejor amigo de Jack. La decisión de Darren marca el inicio del viaje y la aventura de Jack, como así también el comienzo de una serie de vicisitudes que darán origen al suspenso de la película. En el nudo y parte central del film la acción se desarrolla a partir del fallido envío de Jack a la Reserva natural, su lugar de nacimiento. El protagonista despierta en la ultima estación del recorrido de la línea ferroviaria, un pueblito de la Columbia Británica, en Canadá. Una vez allí, la astucia de Jack tiene un mayor despliegue para lograr sobrevivir en soledad y en un ecosistema desfavorable. En su camino se cruza con una niña sorda llamada Tara, y luego con su hermano Steven. Los tres comenzarán a gestar una gran amistad y, paralelamente, Steven con la ayuda de su hermana enseñará a Jack a jugar al Hockey sobre hielo. Siendo Steven jugador del equipo junior de la ciudad (Nuggets), que, por cierto, no es de los mejores, y ante el acelerado aprendizaje de Jack el resultado de la ecuación y el objetivo de la trama están asegurados de manera previsible.

Muchas han sido las hazañas realizadas por diferentes integrantes de la fauna: inolvidables han sido algunas producciones como Chatran o El Oso, pero son insoslayables las recurrencias que en la mayoría de las últimas realizaciones para el “público familiar” se presentan en la “pantalla grande”. Quizás sea por la tendencia que los personajes animalescos encarnan, incurriendo a veces en magnas y honorables actitudes aleccionadoras, otras mimando y enterneciendo nuestra inocente sensibilidad con dulces expresiones de cariño (nadie a superado a los publicistas en esta manipulación) y, cuando no, ejecutando labores de alto riesgo o contraespionaje. Pero más allá de que Lassie junto a Flipper, Stuart Little y el can biónico puedan integrar una sociedad ejemplar y políticamente correcta (Mr. Ed y K13 no la tienen nada fácil, y Beer tendrá que abandonar a B. J. por un tiempo) y que la especie humana en muchas ocasiones se empecina en desvirtuar, la fórmula se aplica sistemáticamente poniendo en el lugar de las bestias a otras que poco tienen que ver con lo que realmente son. Es ingenuo tratar de evitar esta tendencia que se remonta a siglos atrás (rastreable en fábulas como la de “La zorra y las uvas”, y otras historias aún más antiguas), pero es necesario señalar que éticamente es lamentable el hecho de recurrir a animales, y quizás todavía más funesto humanizarlos para dar cuenta de lo “Bueno” (en todo sentido) para los seres humanos, siendo al mismo tiempo nosotros la especie que arrasa todos los días con el espacio vital de todos los seres vivos del planeta. Asimismo, sugiere diferentes interpretaciones con múltiples sentidos, y de las cuales se desprenden las siguientes lecturas: de alguna manera nos hallamos, como especie, en una posición (más bien impostura) de amplio criterio, tolerancia y comprensión de nuestro hábitat o mundo natural; adyacentemente, nos encontramos con la ciencia representada por el profesor Dr. Kendall, que en su trato con la naturaleza (Jack) tiene las mejores intenciones. En todo caso, el ogro de esta historia es la clase dirigente o política que posee las malas intenciones, y a la cual se desdeña y socava atribuyéndole la carga de lo incorrecto, más allá de lo caducas que puedan estar, al día de hoy, las instituciones del Estado y las corporaciones mixtas o privadas desde donde se imparten las directivas que mueven al mundo. Siempre recurriendo a la metáfora, este último grupo social, correspondiente a la esfera de lo político y lo económico, es desacreditado como si la responsabilidad sólo recayera en ellos. Esos Ellos que no somos nosotros. Nunca seremos Ellos, tampoco lo Otro. Pero si podremos integrarlos si se amoldan a nuestro sistema (el único) y cumplen con el rol que les corresponde, y Jack, que es un ganador, ha aprendido e incorporado esta lógica, a tal extremo, que reproduce los valores que hasta el momento los seres humanos hemos instaurado y legitimado íntegramente en nuestras mentalidades y, que hacen que “Jack, el ganador” sea un catalizador indoloro y adorable, mientras que otro tanto ocurre con el personaje heroico que avanza inevitablemente hacia la victoria.

Esta victoria tan buscada está inserta en el medio deportivo que también tiene sus connotaciones respecto de cómo una persona puede abordar la vida en general. Ya que de actitud se trata, pareciera que no queda otra posibilidad que ser un ganador, ya que solo éstos logran ser felices y alcanzar los cielos y la fama. De esta forma, más allá de la ironía, la supervivencia del más apto es entendida por el simpático Jack.

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