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En el sonido de la América austral se funden varios siglos de tradiciones extranjeras y autóctonas, que fueron la fragua de la música criolla, el tango, el rock local, el pop. El tango no es únicamente un lenguaje musical ni solo un género de baile, es un sustrato emotivo y un sistema cultural, lo más singular del Río de la Plata. Para el nativo, en ciertos casos una elección consciente y siempre más que eso: una marca de origen.
Para quienes no vivimos el apogeo del género, pero crecimos con el tango como parte del paisaje sónico y buscamos en lo musical lo humanamente genuino, estos artistas integran la gran reserva del Río de la Plata. Aquí están: son la contracara del fraude turístico. Tienen los rasgos familiares de los abuelos, y en las grietas de las manos apergaminadas llevan escrito un destino, el nuestro.
La sarcástica definición de Macedonio Fernández encubre el orgullo de la pertenencia: “El tango es lo único que no consultamos con Europa”. Sigue siendo patrimonio de los barrios de Buenos Aires, de Montevideo, de Rosario: donde lo mejor de la música de los años 40 y 50 es más que un eco nostálgico, donde viven y actúan los grandes veteranos del género. Entre ellos hay quienes llevan cerca de ochenta años en escena, hay quienes se sentaron al piano para acompañar proyecciones en la era del cine mudo. Son creadores de verdaderos clásicos del repertorio, fundadores de escuelas interpretativas o genuinos portavoces de los estilos de las orquestas de Troilo, Pugliese, D’Arienzo, Di Sarli (las más populares de la década de oro). Algunos reciben el tratamiento de celebridades internacionales. Otros se han mantenido en la semi-penumbra reservada a los artistas de culto: son secretos bien guardados en ciudades adictas al misterio.
El tiempo les concedió sabiduría sin despojarlos de vigor. Volvieron a pisar un estudio para grabar este disco que los reúne como nunca antes, y que los retrata hoy: intactos, o mejor todavía, añejos. La aventura de Café de los Maestros puso a Leopoldo Federico de nuevo al frente de su orquesta y a la mítica cantante Nelly Omar otra vez delante del micrófono. Trajo desde la otra orilla del Plata a Lágrima Ríos, y la reunió con el guitarrista Aníbal Arias. Actualizó el medio siglo de historia del dúo Horacio Salgan-Ubaldo De Lio y la complicidad indisoluble de José Libertella con Luis Stazo. Exigió rescatar materiales inéditos (como la orquestación de Taquito militar por Martín Darré, que el compositor Mariano Mores grabó aquí por primera vez) y reconstruir arreglos históricos (los de Emilio Balcarce para la orquesta de Pugliese; los tangos de Osvaldo Berlingieri arreglados por Julián Plaza para Troilo). Conformó la formidable Orquesta de los Maestros para interpretar estas versiones, las de Carlos García y las de Atilio Stampone. Sumó a Virginia Luque, Alberto Podestá, Gabriel Clausi, Ernesto Baffa, Fernando Suarez Paz, Oscar Ferrari, Carlos Lazzari, Juan Carlos Godoy, Emilio De La Peña....
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